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ÚLTIMA HORA: El Papa llega a la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial (Campus León XIV)

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ÚLTIMA HORA: El Papa llega a la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial (Campus León XIV)

Dirección de Prensa Universitaria

Hoy, martes 21 de abril, Su Santidad el Papa está realizando una visita histórica a la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial ( Campus León XIV) en Malabo. El recibimiento a la máxima autoridad religiosa de la Iglesia Católica está congregando en el campus universitario a miles de fieles, estudiantes y docentes. El Papa ha sido recibido por el rector magnífico de la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial, Filiberto Ntutumu Nguema Nchama.

La llegada del Papa al campus universitario que lleva su nombre enciende no solo el recinto, sino también Malabo entera, de alegría y cultura. El gozo es palpable entre aplausos, gritos de júbilo y pañuelos al viento.

Este acto que constituye la inauguración de este nuevo campus universitario ha reunido a grandes autoridades civiles, militares y eclesiásticas del país. Tras la apertura a cargo del rector, se ha escuchado el discurso de Su Santidad el Papa: «Agradezco la invitación a este evento en el que se inaugura el nuevo campus. Agradezco también el aprecio que han tenido al dar mi nombre a este campus, consciente de que un honor semejante excede a la persona y remite más bien a los valores que juntos deseamos transmitir. La inauguración de una sede universitaria es más que un acto administrativo y trasciende también la simple apreciación de infraestructuras y espacios destinados al estudio. Esta inauguración es un gesto de confianza en el ser humano, una afirmación de que vale la pena seguir apostando por la formación de las nuevas generaciones y por esta tarea tan exigente como noble que consiste en buscar la verdad y poner el conocimiento al servicio del bien común. Por lo tanto, este momento posee un significado que supera los límites materiales de estos lugares y de estos edificios.

Hoy se abre también un espacio para la esperanza, para el encuentro y para el progreso. Toda auténtica obra educativa, en efecto, está llamada a crecer no solo como una estructura, sino como un organismo vivo. Quizá por ello la imagen del árbol CEIBA resulta particularmente elocuente para hablar de la visión universitaria.

Para los ecuatoguineanos, la CEIBA, árbol nacional, adquiere un gran valor educador. Con raíces profundas, se forma con paciencia y fortaleza y encierra en sí una fecundidad que no existe para sí misma. En su grandeza, en la solidez de su tronco y la amplitud de sus ramas, el árbol parece ofrecer una parábola de lo que una institución universitaria está llamada a hacer.

Una realidad bien arraigada en la seriedad del estudio, en la memoria viva de un pueblo y en la búsqueda perseverante de la verdad. Solo así podrá crecer con firmeza; solo así será capaz de elevarse sin perder contacto con la realidad histórica en la que se sitúa y de ofrecer a las nuevas generaciones, además de instrumentos para el éxito profesional, razones para vivir, criterios para discernir y motivos para servir.

La historia del hombre puede leerse también siguiendo las simbologías de algunos árboles bíblicos. En el jardín del libro del Génesis, junto al árbol de la vida se halla también el árbol del conocimiento del bien y del mal, y conviene advertir que no se trata de una condena del conocimiento en cuanto tal, como si la fe temiera a la inteligencia o mirara con recelo el deseo de saber. El ser humano ha recibido la capacidad de conocer, de nombrar, de discernir, de admirarse ante el mundo y de interrogarse por su sentido. El problema no está, pues, en el conocimiento, sino en su desviación hacia una forma de saber que ya no busca corresponder a la realidad, sino plegarla a la propia medida, según la conveniencia de quien pretende conocer. Ahí el conocimiento deja de ser una apertura y se vuelve posesión; deja de ser camino hacia la sabiduría y se transforma en afirmación orgullosa de autosuficiencia, abriendo paso a extravíos que pueden llegar a ser inhumanos.

Sin embargo, la historia bíblica no termina en ese árbol. La tradición cristiana contempla otro árbol: la cruz. No como negación de la inteligencia humana, sino como signo de su redención. Si en el Génesis aparece la tentación de un conocimiento separado de la verdad y del bien, en la cruz se revela el camino: una verdad que, lejos de imponerse por dominio, se ofrece por amor y eleva al hombre a la dignidad con la que fue concebido desde su origen. Ahí el ser humano es invitado a dejar sanar su deseo de conocer, a descubrir que la verdad no se fabrica, no se manipula ni se posee como trofeo, sino que se acoge, se busca con humildad y se sirve con responsabilidad. Por eso, desde una perspectiva cristiana, Cristo no aparece como una salida fideísta de la fatiga intelectual, como si la fe comenzara donde la razón se detiene. Al contrario, en Él se manifiesta la armonía profunda entre verdad, razón y libertad. La verdad se ofrece como una realidad que precede al hombre, lo interpela y lo llama a salir de sí mismo, y por eso puede ser buscada con confianza. La fe, lejos de clausurar esta búsqueda, la purifica de la autosuficiencia, la abre a una plenitud que la razón anhela aunque no pueda abarcarla por completo.

De este modo, el árbol de la cruz restituye al conocimiento su cauce originario. Nos enseña que conocer es abrirse a la realidad, acoger su sentido y custodiar su misterio. Así, la búsqueda de la verdad permanece verdaderamente humana: humilde, serena y abierta a una verdad que nos precede, nos convoca y nos trasciende. No basta con que el árbol dé fruto; importa también la calidad del fruto, porque por los frutos se conoce al árbol. De modo semejante, una universidad se mide por la calidad de los estudiantes que ofrece a la vida de su pueblo, más allá del número de graduados o de la dimensión de su infraestructura.

Este es el sincero deseo que la Iglesia católica expresa con la educación: que los profesionales sean buenos gracias al conocimiento y a la técnica, frutos maduros para una auténtica fecundidad, capaz de ir más allá de la mera apariencia del éxito. Queridos hermanos y hermanas, aquí, en las instalaciones de esta sede, la CEIBA ecuatoguineana está llamada a dar frutos de un progreso solidario y de un conocimiento que ennoblezca y desarrolle al ser humano de modo integral. Está llamada a ofrecer frutos de inteligencia y de rectitud, de competencia y de sabiduría, de excelencia y de servicio. De aquí se formarán generaciones de hombres y mujeres profundamente configurados por la verdad y que transformen su existencia en un don para los demás. Entonces la CEIBA seguirá alzándose como un símbolo elocuente, arraigada en lo mejor de la tierra y elevada por la nobleza del saber, y que dé frutos capaces de honrar a Guinea Ecuatorial y enriquecer a toda la familia humana. Con estos sentimientos invoco sobre todos ustedes, sobre las autoridades, los docentes, los estudiantes, el personal de la universidad y sus familias, la abundancia de las bendiciones de Dios Todopoderoso. Jesús, verdad encarnada, ha manifestado al hombre la verdad sobre sí mismo y su altísima dignidad. Encomiendo a todos a la maternal protección de María Santísima, Trono de la Sabiduría, para que los frutos sean, además de abundantes, muy dulces. Muchas gracias».

Finalizado el discurso, Su Santidad el Papa se dirigió a la entrada principal del campus para descubrir y bendecir la placa conmemorativa, con lo que quedó oficialmente inaugurado el nuevo recinto universitario. Con este gesto, ante las autoridades y la comunidad académica, se clausuró el acto inaugural bajo el signo del árbol CEIBA: símbolo de raíces firmes, crecimiento fecundo y servicio a Guinea Ecuatorial.